Qué fácil es sorprender a un niño... Haces unas pompitas de jabón y, voilà, se quedan maravillados, como si hubieran presenciado lo más bello y trascendente del mundo.
Qué fácil es, también, sorprender a unos padres. Una mano de tu hijo que se coge fuerte a ti o una palabra ininteligible suya bastan para pensar que has presenciado lo más bello y trascendente del mundo.
Valencia, 3 de septiembre de 2011.
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