Su primer viaje en avión. Antes de embarcar: nosotros, sueño; él, inquietud. Ya durante el vuelo: nosotros, inquietud; él, sueño.
Día encapotado. Lisboa está tan entrañablemente gris y melancólica como la recordaba. Hugo dice adiós a todos los tranvías que ve pasar. Le gustan especialmente los de color amarillo.
Por suerte, llueve. Sólo así se forma un cielo tan denso y bonito.
Ya no llueve. Nos sentamos en las escalinatas de la antigua entrada a la ciudad. Sí, por mar.
Comemos en ese sitio tan bonito con vistas. En nuestra mesa de siempre. Unos miran la ciudad a través de los ventanales. Otros no.
Rossio, Rua Augusta y toda la Baixa, con el elevador de Santa Justa. Callejeo por un animado Chiado de sábado -librería Bertrand que no falte-, merienda en el mirador de San Pedro de Alcántara avistando el castillo de San Jorge enfrente y bajada en el elevador de Glória, quedando muy cerquita del hotel.
No ha sido fácil conducir el carrito por las cuestas y el adoquinado...
Hoy, bacalhau para cenar, cómo no.
Y he aquí el final del día...
Lisboa, 2 de abril de 2007.