A veces, Harry y Lola entran con cautela en la habitación de ese pequeño nuevo ser que les ha arrebatado el protagonismo. Lo observan y olisquean todo y me miran extrañados como preguntándome por qué apenas les dejo entrar en esa habitación que antes era el estudio y en la que tantas y tantas horas han pasado, fieles y cariñosos, haciéndome compañía.
Yo les intento explicar con miradas y caricias que no pasa nada, que les sigo queriendo. Ellos, por si acaso, se cuelan en cuanto pueden en el dormitorio de Hugo y permanecen quietos y callados, aferrados al sillón o a una colcha, como si fueran dos peluches más, como para pasar desapercibidos y que les deje quedarse. Y yo hago como si no les veo.

Valencia, 6 de octubre de 2010.



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