Yo tengo especial cariño a este lugar porque mi padre, que era un ingeniero técnico agrícola enamorado de la naturaleza, me llevaba desde muy pequeña y me enseñaba a distinguir los enebros, las encinas y los pinos, me ayudaba a avistar cernícalos y otras rapaces, buscábamos juntos fósiles y piedras con formas curiosas, me explicaba el significado de palabras como ecosistema, fanerógama, saprofitismo o contaminación, cogíamos piñas, comíamos piñones, hacíamos atillos de romero, tomillo y espliego para ponerlos en los armarios de casa... En fin, una gozada.
En La Hunde me picó por primera vez una abeja. Y es que está llena de ellas, libando para elaborar sus mieles de cantueso, jara, milflores... También puedes ver fácilmente ardillas, grandes lagartijas y libélulas espectaculares.
Quiero llevar a mi hijo con frecuencia a La Hunde para, si puedo, hacerle tan feliz como me hacía mi padre en aquellas escapaditas con la familia entera o de nosotros dos solos mientras mamá preparaba la comida y Diego iba a la piscina.

La Hunde, Ayora (Valencia), 7 de agosto de 2010.
























































